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Frase del día

Sólo hay una guerra que puede permitirse el ser humano: la guerra contra su extinción.

Isaac Asimov (1920-1992) Escritor y bioquímico estadounidense.

lunes, 22 de diciembre de 2025

El Eco de Lirios Marchitos

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Prólogo

La cicatriz de piedra y olvido

El valle de Valdesantiago no recibe la luz del sol como otros lugares; allí, el alba parece filtrarse a través de un sudario de gasa gris, una neblina perpetua que se enreda en las copas de los castaños milenarios como el aliento de un gigante agonizante. Yo caminaba por la senda vieja, una herida abierta en la ladera del monte, donde el brezo y el tojo luchan por devorar el rastro de los antiguos carros. El silencio no era tal, sino un coro de susurros: el crujir de las ramas secas bajo mis botas y el lamento del viento que, al pasar por los desfiladeros, imita el llanto de una mujer que ha olvidado su propio nombre.

Tras una revuelta del camino, donde el bosque se espesa hasta volverse claustrofóbico, apareció la mansión. La Casona de los Lirios, así me habían dicho que la llamaban. No se alzaba sobre la colina; más bien parecía hundirse en la misma tierra, como si el peso de su propia historia fuera ya insoportable para sus cimientos. Era una especie de palacio que en 1860 debió de ser el orgullo de la comarca, un grito de piedra y blasón en medio de la naturaleza indómita. Ahora, era un esqueleto de granito abrazado por la hiedra, una parásita voraz que se introducía por las grietas de los muros con la paciencia de un verdugo. Las enredaderas, gruesas como serpientes de madera, habían reventado los marcos de las ventanas, reclamando para el bosque los salones que una vez conocieron el vals y el aroma del tabaco de las Indias. Crucé el umbral. La puerta, de un roble que el tiempo había vuelto tan duro como el hierro y tan gris como la ceniza, colgaba de una sola bisagra que gimió con una nota aguda, casi humana, al ser empujada.

El aire en el interior era una amalgama de polvo suspendido y el olor dulzón de la podredumbre noble. Mis pasos despertaron ecos que llevaban décadas dormidos. Me detuve en el gran salón. En el techo, los frescos que antaño representaban escenas campestres —zagalas de mejillas sonrosadas y pastores tocando el rabel bajo cielos de un azul imposible— estaban ahora surcados por las manchas de la humedad, como si la lepra hubiera caído sobre el paraíso pintado. Grandes jirones de pintura colgaban como piel muerta, y en las esquinas, los excrementos de murciélago formaban pirámides negras, testimonios del único pulso que aún latía entre aquellas paredes.

En un rincón, el piano de cola permanecía como un sarcófago de ébano y marfil. Al acercarme, vi que las teclas estaban cubiertas por una fina pátina de polvo, y algunas se habían hundido por sí solas, como si dedos invisibles estuvieran ensayando una melodía de silencios. Las cuerdas internas, oxidadas por el aire del valle, vibraron sutilmente cuando el viento cruzó la estancia, produciendo un armónico disonante que me erizó el vello de la nuca.

Subí la escalera de caracol, cuyos peldaños de piedra estaban gastados por el centro, testimonio de las idas y venidas de una servidumbre que ya no existía. Llegué a la alcoba principal. La luz del atardecer entraba por un ventanal roto, bañando la estancia en un tono carmesí que recordaba a la sangre seca. Allí, sobre una mesita de noche de caoba, junto a un tintero seco y una pluma que se deshacía al tacto, descansaba un cuaderno de tapas de cuero ajado.

Era el diario de Elena. Lo tomé entre mis manos con la reverencia de quien sostiene un corazón que aún late. Al abrir la primera página, un pétalo de lirio, seco y transparente como el ala de una libélula, cayó sobre mi regazo.

Comencé a leer.

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domingo, 2 de septiembre de 2012

No, no es el humo el verdadero olor del monte.

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Es curioso como cambia la mentalidad de los "pueblos". Ayer vi la noticia en la televisión de los preparativos en Japón, mediante simulacros, para minimizar los riesgos y víctimas en caso de un posible Tsunami. Decían que al ser un país propenso a terremotos la prevención era el mejor método frente a las fuerzas de la naturaleza.

Hoy leo la columna de Pedro Trapiello (el seguro que vio la noticia también :-) ) y se hace la misma pregunta que me hice yo ayer ante el televisor.
¿Por qué en España, país no ya propenso sino sentenciado, que sufre año tras año multitud de incendios no somos capaces a tener una prevención?

Aquí prevención le llaman a tener una cuadrilla de bomberos o voluntarios, un ejercito con palas y picos preparado o una flotilla de helicópteros e hidroaviones, que de nada sirve si la actuación por desidia, coordinación o burocracia pone muros y trincheras donde debería ser terreno llano y, al contrario, deja la maleza en donde deberían existir esas trincheras o muros.

¿Que sucede con los cortafuegos? ¿Que hay de la limpieza de montes? ¿Por qué ese afán repoblador de mono-especie de coníferas?

Menos mal que ya ha pasado ese furor de los muebles de pino, palés de pino, manualidades de pino, incluso a la muerte vamos en cajas de pino. No es de extrañar que los montes se llenen de pinos, que el fuego devore las especies autóctonas para repoblar el paisaje de verdes coníferas que no son más que pinos, ni siquiera son pinos útiles. Esos pinos negros que dan sabrosos piñones. Son sólo pinos, teas de resina que, en cuanto acerca alguien una brasa a su lecho de pinocha arden con una facilidad pasmosa siendo casi imposibles de apagar. Más difícil es el caso de otros tipos de árbol donde no existe esa resina y el humus de sus “pies” no es tan fácil que arda.
Otro problema añadido por las coníferas es el agotamiento del suelo donde han sido plantados, llegando a la erosión y, tras las lluvias, arrastre de las capas de suelo fértil. Con lo cual es muy improbable la subsistencias de otras plantas que no sean parásitas o rastrojos que, por su naturaleza, son yescas esperando la brasa o el efecto lupa del sol.

Con lo sencillo que sería mantener, mediante muchos métodos, una limpieza del monte y así tener una prevención de posibles incendios…

Como siempre los intereses de unos pocos pasa por la no prevención sino por la posterior actuación con pésimos recursos y procurando sacar la mayor tajada posible.

Si no empezamos a prevenir en el invierno nuestro verano, dentro de poco no tendremos mas verano que el eterno invierno.

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http://noticias.univision.com/mundo/noticias/slideshow/2012-09-01/japon-terremoto-simulacro-nacional

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miércoles, 11 de julio de 2012

¿Baja?

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El ascensor se detuvo y abrió su puerta.
Cachaba en mano el viejo intentó salir.
- No es su parada -contestó la extraña persona que entraba.
Se cerro la puerta y continuó bajando en silencio.
Unos pisos más y de nuevo se abrió la puerta.
El anciano levantó el rostro y preguntó:
- ¿Es este el final?
Sus ojos, cansados, reflejaban toda una vida de penurias.
- Sí, es su parada. Pero no, no es el final, todavía le quedan unos años.
Con paso indeciso y ayudado por la cachaba, el anciano salió del ascensor al oscuro recibidor y se perdió entre las esquinas del pasillo mientras todo quedaba en tinieblas de nuevo.
El ascensor continuó su bajada, con aquel insólito personaje, hacia las entrañas del infierno.


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miércoles, 30 de mayo de 2012

La puerta

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Miro la puerta.
Abierta al espacio.
Cerrada en el tiempo.
La herrumbre de sus goznes
y la carcoma de su alma.
Oigo en la oscuridad
el deslizar quejumbroso,
los golpes secos,
los crujidos…
No puedo apartar la vista
de la maldita puerta.
Por su delimitada forma
una luz tenue se desliza
y va más allá de lo permitido
para acariciar mis dedos,
para jugar con las formas.
Crear caminos polvorientos
plagados de viajeras motas
que se posan en silencio.
Intento concentrarme en ellos,
ignorar los gritos desgarrados,
que amenazantes vienen,
del otro lado del espacio.
Sostenidos en el tiempo.
La puerta me llama.
Me lleva a lo desconocido,
me muestra lo intuido.
Temo que se abra,
me saquen de mi encierro
para escuchar esos crujidos
desde dentro de mi cuerpo
y mis gritos se pierdan
entre polvorientos rayos de luz
en este infierno.

firma

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Siete poemas y un relato recitados por Nicanor García Ordiz

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