Prólogo
La cicatriz de piedra y olvido
El valle de Valdesantiago no recibe la luz del sol como otros lugares; allí, el alba parece filtrarse a través de un sudario de gasa gris, una neblina perpetua que se enreda en las copas de los castaños milenarios como el aliento de un gigante agonizante. Yo caminaba por la senda vieja, una herida abierta en la ladera del monte, donde el brezo y el tojo luchan por devorar el rastro de los antiguos carros. El silencio no era tal, sino un coro de susurros: el crujir de las ramas secas bajo mis botas y el lamento del viento que, al pasar por los desfiladeros, imita el llanto de una mujer que ha olvidado su propio nombre.
Tras una revuelta del camino, donde el bosque se espesa hasta volverse claustrofóbico, apareció la mansión. La Casona de los Lirios, así me habían dicho que la llamaban. No se alzaba sobre la colina; más bien parecía hundirse en la misma tierra, como si el peso de su propia historia fuera ya insoportable para sus cimientos. Era una especie de palacio que en 1860 debió de ser el orgullo de la comarca, un grito de piedra y blasón en medio de la naturaleza indómita. Ahora, era un esqueleto de granito abrazado por la hiedra, una parásita voraz que se introducía por las grietas de los muros con la paciencia de un verdugo. Las enredaderas, gruesas como serpientes de madera, habían reventado los marcos de las ventanas, reclamando para el bosque los salones que una vez conocieron el vals y el aroma del tabaco de las Indias. Crucé el umbral. La puerta, de un roble que el tiempo había vuelto tan duro como el hierro y tan gris como la ceniza, colgaba de una sola bisagra que gimió con una nota aguda, casi humana, al ser empujada.
El aire en el interior era una amalgama de polvo suspendido y el olor dulzón de la podredumbre noble. Mis pasos despertaron ecos que llevaban décadas dormidos. Me detuve en el gran salón. En el techo, los frescos que antaño representaban escenas campestres —zagalas de mejillas sonrosadas y pastores tocando el rabel bajo cielos de un azul imposible— estaban ahora surcados por las manchas de la humedad, como si la lepra hubiera caído sobre el paraíso pintado. Grandes jirones de pintura colgaban como piel muerta, y en las esquinas, los excrementos de murciélago formaban pirámides negras, testimonios del único pulso que aún latía entre aquellas paredes.
En un rincón, el piano de cola permanecía como un sarcófago de ébano y marfil. Al acercarme, vi que las teclas estaban cubiertas por una fina pátina de polvo, y algunas se habían hundido por sí solas, como si dedos invisibles estuvieran ensayando una melodía de silencios. Las cuerdas internas, oxidadas por el aire del valle, vibraron sutilmente cuando el viento cruzó la estancia, produciendo un armónico disonante que me erizó el vello de la nuca.
Subí la escalera de caracol, cuyos peldaños de piedra estaban gastados por el centro, testimonio de las idas y venidas de una servidumbre que ya no existía. Llegué a la alcoba principal. La luz del atardecer entraba por un ventanal roto, bañando la estancia en un tono carmesí que recordaba a la sangre seca. Allí, sobre una mesita de noche de caoba, junto a un tintero seco y una pluma que se deshacía al tacto, descansaba un cuaderno de tapas de cuero ajado.
Era el diario de Elena. Lo tomé entre mis manos con la reverencia de quien sostiene un corazón que aún late. Al abrir la primera página, un pétalo de lirio, seco y transparente como el ala de una libélula, cayó sobre mi regazo.
Comencé a leer.




