El Eco de Lirios Marchitos
Prólogo La cicatriz de piedra y olvido El valle de Valdesantiago no recibe la luz del sol como otros lugares; allí, el alba parece filtrarse a través de un sudario de gasa gris, una neblina perpetua que se enreda en las copas de los castaños milenarios como el aliento de un gigante agonizante. Yo caminaba por la senda vieja, una herida abierta en la ladera del monte, donde el brezo y el tojo luchan por devorar el rastro de los antiguos carros. El silencio no era tal, sino un coro de susurros: el crujir de las ramas secas bajo mis botas y el lamento del viento que, al pasar por los desfiladeros, imita el llanto de una mujer que ha olvidado su propio nombre. Tras una revuelta del camino, donde el bosque se espesa hasta volverse claustrofóbico, apareció la mansión. La Casona de los Lirios, así me habían dicho que la llamaban. No se alzaba sobre la colina; más bien parecía hundirse en la misma tierra, como si el peso de su propia historia fuera ya insoportable para sus cimientos...