La carta
Sentada está a la mesilla redonda. Tras ella suena la música suave en el gramófono. El té humea en la taza mientras da vueltas a un sobre, situado en la bandejita de plata, que acaba de recibir. No lo abre, aun así sabe lo que pone. Es la despedida desgarrada que le llega del otro lado del mar. Tiene olor a arenas calientes, dátiles y esencias exóticas. Perfumada por los caminos que ha recorrido. Se la acerca a la nariz y aspira, en su mente se forman imágenes, gente bulliciosa en zocos de oriente, un niño corre con un tesoro entre sus deditos delicados y lo aprieta con pasión, aroma y frescor a mar entre callejas estrechas, humo del vapor que zarpa de un puerto al atardecer, mujeres tapadas, hombres de tonos azules… Suena el reloj a su espalda ¿Cuantas veces? Cinco, seis, que más da, ya nunca volverá a ver su cara. El sobre húmedo por el mudo llanto, resbala de sus manos. No lo recoge, sabe lo que pone. Abre los ojos, velados por las lágrimas, y como un autómata be...