Casimiro, como todas las mañanas, acudía al trabajo. Por el camino se cruzaba con muchos compañeros y a todos saludaba, pero había uno que, cuando lo saludaba, no dejaba indiferente a los que no los conocían: Arturo. Así que aquella mañana que mi hermana iba al colegio y se encontró con la escena del siguiente saludo: - Buenos días, Casimiro - a lo que el contestó como siempre. - Buenos, Mirón -. No pudo dejar de reír en mucho tiempo, ya que la casualidad hace divertidos chistes de cosas cotidianas y, en este caso, el que Arturo se apellidara Mirón convertía el saludo en algo que podría antojarse incómodo. Estas dos anécdotas, Casimiro y Casimiro II, son reales y las personas que salen en ellas también. Son de tiempos de mi niñez cuando vivíamos en Compostilla y tenía de vecino a Casimiro. Llegaba a tanto la "guasa", como dicen los sevillanos, que incluso, años después de casarse Casimiro la que era su mujer se convirtió en he...