La puerta
Miro la puerta. Abierta al espacio. Cerrada en el tiempo. La herrumbre de sus goznes y la carcoma de su alma. Oigo en la oscuridad el deslizar quejumbroso, los golpes secos, los crujidos… No puedo apartar la vista de la maldita puerta. Por su delimitada forma una luz tenue se desliza y va más allá de lo permitido para acariciar mis dedos, para jugar con las formas. Crear caminos polvorientos plagados de viajeras motas que se posan en silencio. Intento concentrarme en ellos, ignorar los gritos desgarrados, que amenazantes vienen, del otro lado del espacio. Sostenidos en el tiempo. La puerta me llama. Me lleva a lo desconocido, me muestra lo intuido. Temo que se abra, me saquen de mi encierro para escuchar esos crujidos desde dentro de mi cuerpo y mis gritos se pierdan entre polvorientos rayos de luz en este infierno.