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Cita del día para recordar:

martes, 14 de septiembre de 2010

El placer de una noche de verano

luna
Eran las 11 de la noche más o menos. La luna emergía, redonda y plena enfrentada al agonizante sol que caía ocultando su fuego más allá de las montañas. Hacía calor y ya habíamos llegado al destino marcado. Por aquel entonces yo tendría unos 15 o 16 años y no era la primera vez que lo iba a hacer pero, en este caso, era algo especial; terreno virgen, o eso me habían asegurado. Llegar a ese punto costó lo indecible pero ahí estaba yo, de pie, sudando y a la vez con escalofríos recorriendo mi cuerpo, quizá los nervios, quien sabe...

La oscuridad llegaba rápido. La luna, cada vez más grande, iluminaba y mostraba en toda su atrayente y nívea hermosura aquel agujero rodeado de salvajes y enmarañadas matas. No había lugar a retrasar lo inevitable así que preparado ya, me deslizé allí dentro. Lo fui conquistando centímetro a centímetro, lentamente, disfrutando el saber que nadie antes había penetrado allí, entonces toqué el final del agujero y sentí que una parte de las experiencias que viviría esa noche había llegado a su fin.

Me quedé quieto unos momentos adaptándome a la estrechez del lugar. El silencio y la humedad lo inundaba todo, sólo escuchaba el sonido de mi respiración acelerada por la emoción y el pequeño esfuerzo que me había supuesto llegar hasta el fondo. Ahora todo sería moverse lentamente y con cuidado para no hacerme daño ni hacerlo a aquello que me había acogido sin poner obstáculos, entregando sus secretos a un desconocido, al que ahora podía sentir como se deslizaba a través de sus paredes húmedas.

Ya habían pasado unos eternos minutos cuando el calor, la humedad y el nerviosismo aceleró el ansia que sentía; ese placer que nos lleva siempre a buscar aquello que sabemos maligno o prohibido pero que somos incapaces de retener y nos invade sin control, despertando esa parte animal que todos llevamos en los genes, esa marca del Caín fratricida y cobarde. Es como jugar a la ruleta rusa, depende como te salga puedes tener un disfrute total o quedar marcado para el resto de tu vida, incluso perder la libertad de hacer lo que quieras e ir donde te apetezca.

Pero ese placer va más allá y no es momento de preocuparse de futuros. Lo sientes ahí, en el centro de tu ser, brotando, ya no se puede parar y surge como una explosión multicolor en la oscuridad total. Con una luna enorme, redonda y pálida iluminando allá arriba donde sabes que mil grillos entonan su loca llamada, en la laguna las ranas saltan cantando de un nenúfar a otro, entre las escobas los jabalís hozan la tierra en busca de alimento y los lobos despiezan un corzo allá en los riscos. Es la explosión multicolor de la vida y ahí está, surgiendo de tu boca, ese grito enorme, placentero, pecador....

Y entonces todo queda en silencio, contengo la respiración y escucho. Sólo oigo los latidos de mi corazón y el continuo pausado y frío goteo del agua filtrada; ningún aleteo delata la temida horda de murciélagos asustados en desbandada, gracias al cielo la cueva no esta habitada. Desde arriba llega el sonido de las risas de los otros dos miembros del equipo y me llaman: "Pedro, otra vez haciendo de las tuyas. Un día de estos se te van a llevar los "muérdagos" por hacer el bobo".

Enciendo la linterna e ilumino hacia la boca del agujero. En el cielo la luna ya se ha posicionado por encima de los lagos sumidos y parece que me saluda con un guiño cómplice. La poca previsión nos impide hacer una inspección más a fondo de la cueva, pero lo que vemos con nuestra pequeña luz nos deja maravillados, como siempre: “cuernos de cabra” colgando de los techos, “orejas de burro” de diferentes tamaños que, al golpearlas, producen distintos tonos creando una música natural; estalactitas y estalagmitas que por el incesante goteo del agua terminan fundiéndose en alabastrinas columnas barrocas de tonos ocres, rojizos o blancos. Y al fondo una charca cristalina en su superficie, que encierra limos milenarios, donde habitan seres que es mejor no imaginar.

La aurora llegó acompañada de los mil sonidos del campo y mientras el perezoso sol evaporaba las últimas gotas del roció, tres muchachos dormidos entre las escobas soñaban con historias de hadas dentro de cuevas infernales.

Si tú, amable lector,
llevado por oscura pasión
te has hecho una idea equivocada.
No culpes a tu mente atormentada,
ya que esa era la intención,
de este sutil narrador.


firma

Incluido en el el libro "Hijos del la pólvora: Antología de relatos Hispanoamericanos": 
Safe Creative #1009147327284

2 comentarios:

Mayte Sánchez Sempere dijo...

Pues me ha gustado, no lo encuentro nada "tonto" :)

Abrazo,
Mayte

Alef-Thau dijo...

Gracias Mayte :-)))

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